Les contaba en una crónica reciente las variadas estrategias de que se valen los artistas y otros proveedores culturales para acercar sus creaciones al público, al margen del cubo blanco museal o galerístico. Así, hemos asistido al tuneado de calaveras (artificiales) en un club de playa; a la epifanía jeroglífica de un pintor/chamán en el vestíbulo de un hotel, y a la demostración furiosa de pintura en vivo y en plena calle. Como las posibilidades de exhibición son casi infinitas (nada nuevo, por otra parte), en ciertos puntos de la Costa del Sol toma auge una modalidad que vincula el arte con un viejo conocido, el lujo, seña de identidad de una élite de gran poder adquisitivo cuya posesión más icónica y representativa (y que los medios difunden con presteza en caso de que el personaje sea un famoso) es un coche de alta gama, en concreto, un deportivo esplendoroso, de líneas afiladas y potencia descomunal.
Cien maneras de acariciar un coche
Escrito el 16/09/2026