Ignacio Castillo se ha muerto. Así, dicho de golpe, todavía suena extraño. Casi impropio. Como si la frase no terminara de encajar con él. Con un caballero de una presencia tan viva. De una ironía constante. Y de una capacidad natural para encontrarle el doble fondo cómico a cualquier drama, incluso a los que no tenían ninguna gracia. Quizá por eso cuesta tanto escribirle cosas. Porque Ignacio pertenecía a esa clase de personas que parecían hechas para comentar la vida, no para ausentarse de ella. Para quitarle solemnidad a lo grave, para encontrar una salida irónica en mitad del disgusto y para recordarnos, sin necesidad de grandes discursos, que la tristeza también se combate con inteligencia. Ignacio sabía que la vida, cuando se pone demasiado solemne, corre el riesgo de volverse insoportable.
Mire usted qué maravilla
Escrito el 14/06/2026